Volverse Poderoso Por      Medio De La Oración
  Por W. L. Duewel

   La oración prevaleciente sólo prevalece mediante el Espíritu prevalecedor. No es una obra humana, ni aun de los más santos hombres y mujeres de Dios. Se trata de la obra del Espíritu Santo en usted y por medio de su colaboración. Samuel Chadwick confesó: «La más grande cosa que hizo Dios en mi favor fue enseñarme a orar en el Espíritu.» Nadie jamás se convierte en un hombre o en una mujer de oración si no es por medio del Espíritu Santo.

   ¿En qué forma puede usted preparar Su camino de modo que el Espíritu pueda interceder en oración prevaleciente mediante su ser? Recuerde, usted siempre habrá de admitir que es demasiado débil en la oración para prevalecer. ¡Regocíjese! «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad» (Rom. 8:26). De continuo usted necesitará confesar con Pablo: «Pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos.» ¡Regocíjese! El Espíritu Mismo intercede por usted con gemidos demasiado profundos para que a usted le sea posible expresarlos (v. 26).

   Por el hecho de que el Espíritu Santo tiene tal carga para ayudarle a usted a orar y para prevalecer a través de usted, Dios tiene muchos más deseos de que usted prevalezca que lo que se puede imaginar. El Espíritu gime para que usted se haga poderoso en la oración prevaleciente. El tiene una infinidad de gemidos que son humanamente inexpresables, para que usted pueda hacerse poderoso en la oración prevaleciente por muchas necesidades inmensas en las vidas de otros.

   El Espíritu quiere hacerle poderoso para que usted prevalezca para él. Dios no tiene otra estrategia. El ha ordenado que Su voluntad se cumpla mediante su prevalecer, unido a la intercesión prevaleciente de Dios el Hijo en el trono celestial de la gracia, y Dios el Espíritu. El Espíritu anhela poseerle cada vez más, con el fin de poder orar por medio de usted cada vez más de manera prevaleciente.

   Dios comprende la confesión de su quebrantado corazón, como lo confesó Pablo: «No lo sabemos» (Rom. 8:26). En el fondo de sí mismo, entréguese totalmente a Dios, en completa dependencia de él. Puede usted confesar con Oswald J. Smith: «¡ah, esa carga, esa carga por las almas: cómo ha distinguido a los ungidos de Dios a lo largo de los siglos!... Una legión de poderosos luchadores con Dios. La experiencia de ellos, amigos, es la que ansío sobre todas las demás.»

   Dios desea ayudarle a ser mediador de la luz del evangelio y del poder salvador de Jesús, mediante sus oraciones. En la redención existe sólo un Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (1 Tim. 2:5). Pero Dios necesita miles de colaboradores que sirvan de mediadores en la intercesión en el presente. Por medio de su oración prevaleciente, coloque una mano en el trono de la gracia y la otra sobre la necesidad del mundo. Moisés lo hizo. Isaías, Jeremías y Daniel también. ¿Lo hará usted? Lutero lo hizo. Wesley y Whitefield lo hicieron. Finney, Brainerd y Hyde también. ¿Lo hará usted?

Capte la visión

   En primer lugar, capte la visión. Pídale al Espíritu que le permita ver a la gente del mundo y sus necesidades con los ojos amantes de Dios. Entonces usted comprenderá por qué Nehemías lloró, por qué Isaías, Jeremías, Pablo y un sinnúmero de otros lloraron. Luego comprenderá por qué Jesús lloró. Pídale al Espíritu que le permita que su corazón sienta los dolores de este mundo como los siente el corazón de Dios. Entonces usted llorará. Su corazón llorará, y si usted prevalece por suficiente tiempo, sus ojos puede ser que se llenen de lágrimas.

   En segundo lugar, suplique la ayuda del Espíritu. Sus más poderosas oraciones son impotentes sin el poder que da el Espíritu. Sus débiles palabras, con el poder del Espíritu, pueden desatar la Omnipotencia. No es asunto suyo comprobar cuánto puede hacer por Dios. Pero sí le incumbe descubrir cuánto más de Dios puede usted incluir en sus oraciones. Dios el Espíritu es quien significa la diferencia.

   Sea lleno del Espíritu. Si usted nunca ha recibido la llenura del Espíritu, recíbala hoy. Despeje cualquier controversia, o velo, entre su alma y Dios. Obedezca a Dios en cada paso en que usted sepa que le debe obedecer. Preséntese a sí mismo completa y eternamente a Dios en entrega absoluta, pidiéndole al Espíritu que le llene. No se precipite. Haga las cosas a cabalidad; asegúrese de que su entrega es verdadera y completa. Luego, con fe sencilla, aprópiese de lo que Dios ha prometido: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc. 11:13).

   Manténgase lleno. La pureza se puede preservar con la ayuda del Espíritu, mas el poder hay que renovarlo. Si usted espera en Dios, su fortaleza se renovará (Is. 40:11). En Hechos los creyentes fueron llenos y vueltos a llenar con el Espíritu Santo. Cuando uno anda manejando su automóvil, no hace falta repararlo cada cien millas. Pero necesita llenarle el tanque de gasolina, para que tenga energía. El alma santa a veces percibe el agotamiento espiritual cuando servimos amorosamente a Dios y a los demás. Vivimos en un mundo cuyo ambiente nos agota. Peleamos una guerra espiritual que nos agota.

   Pase tiempo a solas con Dios. Pídale a Dios. Espere en Dios. El le llenará una vez tras otra. Para orar en el Espíritu hay que permanecer llenos del Espíritu. Usted debe esperar en Dios si ha de ser lleno de nuevo. Usted debe alimentarse de Su Palabra, capítulo tras capítulo, si ha de ser lleno otra vez. Acuérdese de las palabras de Torrey: «Todo el secreto de la oración radica en esas palabras: "en el Espíritu"».

   En Su última enseñanza antes de ir a la cruz, Jesús nos reveló a nosotros, Sus seguidores, que la oración habría de alcanzar una nueva dimensión de poder mediante el orar en Su nombre, por medio de Sus palabras permaneciendo en nosotros, y por medio de la ayuda del Paracleto, el Espíritu Santo. ¿Son ciertas las palabras de Jesús en cuanto a su vida de oración? Pueden ser y, por la gracia de Dios, deben ser. Por hacerse el propósito en su alma, mediante la disciplina y el hábito de prevalecer en la intercesión, lo serán.

   El poder en la oración no se fabrica. No es el volumen de la voz o la autoafirmación física o emocional. Es el poder del Espíritu en su espíritu. ¿Puede usted hacer una paráfrasis de las palabras de Pablo, y decir: «Para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de Él, la cual actúa poderosamente en mí» (Col. 1:29). Él obrará poderosamente en usted a medida que ora poderosamente por medio suyo. Él incrustará el deber de la oración prevaleciente en las partes más profundas de su alma. Él le concederá el santo deber que le llevará a sus rodillas.

   En esta era agitada y de ocupación, la mayoría de nosotros no hemos aprendido a concederle a Dios tiempo en la oración. Preferimos trabajar para Dios que orar. Preferimos asistir a otro culto que orar. Preferimos ver televisión que orar. ¡Que Dios nos perdone! El obispo J.C. Ryle confesó: «Gastamos nuestras energías espirituales y nos olvidamos de renovarlas. Multiplicamos compromisos y posponemos la oración.... Trabajamos cuando debíamos orar, porque para la mente activa el trabajo es más fácil que la oración.... El siervo que ha de ser usado por el Espíritu debe hacerle resistencia a la tiranía del exceso de trabajo. Debe hacerse el propósito de estar a solas con Dios, aunque las horas que pase con Él al parecer priven a sus semejantes de su servicio.»

   Pero, usted protesta, a menudo mi corazón parece estar frío y carente de oración. R.A. Torrey testificó así: «Numerosas de las temporadas de oración más benditas que he tenido han comenzado con un sentir de completa mortandad y carencia de oración; mas en mi inutilidad y en mi frialdad me he echado sobre Dios, y he esperado en Él para que envíe a Su Santo Espíritu a que me enseñe a orar, y así lo ha hecho.»

   El amado Andrés Murray escribió: «El cielo está tan repleto como siempre de bendiciones espirituales.... Dios todavía se deleita en concederle el Espíritu Santo a los que se lo piden. Nuestra vida y nuestra obra dependen tanto de la inspiración directa del poder divino, como lo fueron en la época de Pentecostés. La oración sigue siendo el medio señalado para hacer que desciendan estas bendiciones celestiales de poder, sobre nosotros y sobre aquellos que nos rodean. Dios sigue buscando a hombres y mujeres quienes, con todo el resto de sus labores ministeriales, se entreguen de manera especial a la oración perseverante.»
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El Corazón Que Dios Hace Revivir
                                                            por Nancy Leigh DeMoss

Los soberbios se enfocan en los fracasos de los demás.
Los quebrantados están abrumados con una sensación de su propia necesidad espiritual.

Los soberbios tienen un espíritu criticón de encontrar defectos; miran con un microscopio a las fallas de los demás pero con telescopio a sus propias fallas.
Los quebrantados son comprensivos; perdonan mucho porque son conscientes de cuanto se les ha sido perdonado.

Los soberbios son santurrones; miran en menos a los demás.
Los quebrantados estiman a los demás como superiores a si mismo.

Los soberbios tienen un espíritu independiente, auto-suficiente.
Los quebrantados tienen un espíritu dependiente; reconocen que les hacen faltan otros.

Los soberbios reclaman los derechos; tienen un espíritu exigente.
Los quebrantados ceden sus derechos; tienen un espíritu manso.

Los soberbios son auto-protectorios de su tiempo, sus derechos, y su reputación.
Los humildes se niegan a si mismo.

Los soberbios desean ser servidos.
Los quebrantados se motivan para servirles a otros.

Los soberbios desean ser exitosos.
Los quebrantados se motivan a ser fieles y hacerles exitosos a otros.

Los soberbios desean promoción propia.
Los quebrantados desean promocionar a otros.

Los soberbios son impulsados a ser reconocidos y apreciados.
Los quebrantados tienen una sensación de su propia indignidad; se entusiasman con que Dios los utilizarían en absoluto.

Los soberbios quedan heridos cuando otros son promovidos y ellos son ignorados.
Los quebrantados son deseosos de ver a otros recibir la gloria; se regocijan cuando otros son exaltados.

Los soberbios tienen un sentir subconsciente, «Este ministerio/iglesia es privilegiado en tenerme a mí y a mis dones»; piensan en lo que ellos pueden hacer para Dios.
La actitud de los corazones de los quebrantados es, «No merezco ser partícipe en ningún ministerio»; saben que no tienen nada de ofrecer a Dios sino la vida de Jesús fluyendo por sus vidas quebrantadas..

Los soberbios se sienten confiados por lo mucho que saben.
Los quebrantados se humillan por la tremenda cantidad que tienen que aprender.